• Lourdes Sanz Moguel

Vejez ¿resignación o redefinición?

Desde el ámbito psíquico, la edad inquieta en razón de que los cambios orgánicos irrumpen en el cuerpo de manera violenta, provocando afectaciones psíquicas y en las vinculaciones interpersonales.


El cumplir cierta edad va acompañado de ciertos procesos biológicos ligados con los procesos psíquicos, y con procesos social. Cumplir 60 años, confiere al cumpleañero el atributo de “adulto en plenitud” o “adulto mayor”, miembro de un sector de población vulnerable que requiere de especiales atenciones y protección. En esta misma década de vida, los 65 años son la edad de jubilación, que marca la conclusión de la vida productiva, en términos laborales al menos.


Acercarnos o rebasar estas edades nos asusta y nos preocupa. Una de las razones es la idea de que entre más edad se tiene, más cerca se está del final de la vida. Las personas se acercan peligrosamente a la edad límite, establecida en la estadística como esperanza de vida.  

En este sentido resulta curioso comprobar que la esperanza de vida al nacer una persona se calcula estadísticamente, no con respecto al número de personas que viven, sino al promedio de quienes fallecen. Más aún, en términos de salud, existen estudios médicos en donde se demuestra que la mayoría de las enfermedades que afectan a las personas, lo hacen en razón de sus hábitos, del cuidado de su salud, de factores genéticos, ambientales, psíquicos, de estrés y sólo en un grado menor en razón de la edad.

Desde el ámbito psíquico, la edad biológica no tiene, como tal, ninguna injerencia en el sujeto. La edad aqueja al sujeto en razón de la forma en cómo vive los cambios y afectaciones en su cuerpo, y la forma en cómo repercuten estos cambios en sus vinculaciones y en su vida en general.

Senecencia: ¿segunda adolescencia?

El envejecimiento es un proceso que se inicia desde el momento mismo del nacimiento. Si bien la vida transcurre a lo largo de los años, es importante considerar que no son los años lo que afecta la vida de una persona, sino los cambios.

No es solamente al aproximarse a los 60 años cuando se registran cambios en la vida de una persona, éstos están presentes constantemente, aunque ciertamente existen períodos específicos durante los cuales los cambios se acentúan.

Uno de los ejemplos más claros es durante la pubertad y la adolescencia: el cuerpo cambia, los roles infantiles se modifican y la perspectiva de vida da un giro importante rumbo a la adultez. La pubertad y la adolescencia marcan el cambio desde la infancia hacia la adultez.

El siguiente cambio radical que ocurre en la vida de las personas se da en el climaterio, que inicia alrededor de los 50 años de edad, extendiéndose hacia los 60 o 70, dependiendo de cada individuo y del género. El climaterio tanto femenino como su equivalente masculino se caracteriza por cambios hormonales.

En ambos, el climaterio conlleva una serie de cambios físicos, sensaciones y afectaciones desconocidas. Asimismo, estos cambios están íntimamente vinculados con la sexualidad: sea la acentuación, la disminución o simplemente el cambio en el deseo y desempeño sexual.

Los cambios en el organismo irrumpen en el cuerpo

Como ocurrió previamente durante la pubertad y adolescencia, al llegar al climaterio se vive en el cuerpo una intromisión de sensaciones desconocidas y desvinculadas con lo exterior.

Basta como ejemplo, los bochornos, las jaquecas, el insomnio, el acné, el cansancio, la sensación de ajenidad y muchas otras sensaciones similares. Estas sensaciones, sin embargo, parecen irrelevantes frente a uno de los mayores cambios que se viven: el descontrol de la sexualidad manifestado en la repentina disminución o incremento del deseo sexual, la incapacidad para lograr la erección, o alcanzar la culminación del acto sexual.

¿A qué nos referimos con esto? El organismo corresponde a los procesos meramente biológicos que, como tales, nos resultan ajenos en tanto no nos apropiamos de ellos. Cuando reconocemos el organismo como propio, es cuando aparece nuestro cuerpo, el mío, aquél o aquella que yo soy. Mi cuerpo supone hacer mío, mi organismo y los procesos que ocurren en él.

El climaterio confunde y descontrola porque trae consigo una realidad que no se sabe manejar y que proviene del interior. Pareciera presentarse como una reedición grotesca de la adolescencia, que es una etapa que fue superada en su momento y que ahora pareciera retornar. El climaterio, como la adolescencia, requiere ser comprendido como una etapa de cambios, y en este sentido habrá que renunciar a algunas cosas, vivir un duelo por aquello del cuerpo que se ha  modificado y a la vez iniciar un proceso de apropiación del nuevo cuerpo y la nueva realidad.

Vulnerabilidad y dependencia

Los cambios y el descontrol experimentado conllevan una sensación de desconocimiento de uno mismo: ¿quién soy ahora? ¿cómo me veo? ¿he perdido mi atractivo? ¿qué puedo ofrecer? ¿qué esperan los demás de mí? ¿seré aceptado?

La persona se siente vulnerable y busca respuestas, consejos o modelos que le permitan retomar el control, y sentirse seguro. La sensación de vulnerabilidad remite a la infancia y se añora la protección y seguridad provista por los padres a quienes en su momento se vivió como todopoderosos. Así se emprende la pesquisa de algo o alguien que proteja de lo desconocido, que opere como como un Otro Omnipotente.

En el afán por hallar la protección de Otro, se coloca un velo de Omnipotencia en aquél o aquello que se encuentre a la mano y acto seguido se establece con esa persona, espacio, o cosa una relación de dependencia. Es decir, en la medida en que nos sentimos perdidos y confundidos nos aferramos a alguien o algo que suponemos puede proveernos bienestar, dispuestos a cubrir cualquier costo con tal de conservar su presencia. Así se construyen relaciones de dependencia con la pareja, los hijos, el trabajo, la empresa, el médico, etc.

Cuando la persona se coloca en esta posición, sobre todo cuando lo hace con la pareja u otros familiares, lo que ocurre es que poco a poco deja de ocuparse de sí misma, busca complacer a los demás pero a la vez espera y exige que le cuiden. Al paso del tiempo, las relaciones se tensan, porque la persona se convierte en una carga para aquél del cual depende y en ocasiones se llega a la ruptura o el abandono.

Estructuras sociales

Las sociedades proveen marcos que responden a las problemáticas y necesidades de sus miembros. En este sentido, en relación con el envejecimiento, “definen” lo que es una “persona de edad avanzada” y especifican cuáles son sus capacidades, sus intereses, las actividades que les estarán reservadas y en suma todo un modo de ser y vivir que habrán de seguir las personas al llegar a cierta edad.

El estereotipo de “persona de edad avanzada” encuadra la identidad y el quehacer del sujeto, aunque ciertamente ni responde, ni coincide, con la vida individual.

En algunas sociedades se ejerce una fuerte presión social para que sus miembros se ajusten a lo establecido por este modelo, sin embargo, el modelo no solamente se asume en razón de la presión social ejercida, sino que es interiorizado por la propia persona, y es entonces cuando el estereotipo de  vejez, se convierte en una realidad.

¿Alternativas?

El psicoanálisis facilita la identificación de nuestros temores, emociones y sentimientos.

Los cambios en el cuerpo, fruto de los procesos orgánicos durante el climaterio, pueden ser asumidos desde una posición diferente en que el sujeto renuncie al cuerpo de la adultez media y se apropie de su cuerpo en la madurez, como ocurrió con el cuerpo infantil mudado en cuerpo de adulto.

Las modificaciones en la vida de la persona de 60 y más, incluyen también cambios en las actividades sociales cotidianas, sin embargo, los cambios vividos en esta etapa de la vida no son diferentes de los vividos en otras, es decir, no por llegar a cierta edad cronológica se pierde la oportunidad de optar por una forma de ser y de relacionarse con los demás.


En esta, como en otras experiencias de vida que conllevan cambios y pérdidas, es necesario que el sujeto logre visualizar la experiencia, enfrentarla, asumir los cambios y dar un nuevo significado a lo vivido, es decir, resignificarla. Lo anterior permite romper con el ciclo de la vulnerabilidad y la dependencia.

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